Notas de una mente cautiva
En medio de una batalla entre el sueño y el insomnio, se me ocurrió abrir una nota para escribir algo.
Me puse de necio rondando entre pensamientos que parecían no ser míos, intentando atrapar uno perfecto sin poder lograrlo.
Me llegaron tantas ideas, unas peores que otras (sin ser pesimista); pero todas intentaban justificar cuánto valgo.
Y gracias a Dios no fue justificar un costo, porque esa es una clase de insomnio más amargo.
Al sentirnos tristes, vacíos, rotos, confundidos, felices, enojados, arrepentidos o cuando simplemente sentimos, escribimos notas,
con la esperanza de que aquello que causó escribirla pueda abrirla y compadecerse, esperando consuelo como idiotas.
Una nota puede revelar el alma si se escribe utilizando su esencia en cada una de las 27 letras del mismo abecedario.
O podemos terminar escribiendo lo mismo por temporadas, porque somos tan tercos que, si dependiera de nosotros, tropezamos con la misma piedra a diario.
Se las mandamos a nuestros allegados para hacerles pensar que somos más que fingir sonrisas,
que somos más que seriedad forzada y un punto de apoyo para que mojen con lágrimas nuestra camisa.
Me parece tan hipócrita escribir de esa forma. Se supone que eso contradice lo auténtico en este desvelo.
Me siento tan sucio, a pesar de no hacerlo con esas intenciones; pero la mente tiene más ganas de criticarme que de darme consuelo.
Nos sentimos mediocres por ser incapaces de organizar lo que se supone que son nuestras propias ideas.
Pobres errantes de la vida, hasta rendirnos a quien deberíamos, vamos a seguir escribiendo notas que solo reflejan nuestras peleas.
Ah, qué mala costumbre la de generalizar y hablar en plural. Solo porque tengo miedo de ser visto, me escondo en el fondo del montón que yo mismo me invento.
Esa línea de pensamientos cobardes, cobardes, gritando por validación, sin importarles lo que siento.
Ese es el problema. Más que abrir una nota y dejarla olvidada en esa carpeta a la que siempre le cambio el nombre.
La voz que, cuando intento romper el muro que me impide volar, me exige que empiece a ser un hombre.
Como si fuese tan fácil poder argumentar con palabras todas las verdades que esa declaración esconde.
La misma mente coloca esos muros, me impide volar, retrasa mis notas y busca en conceptos verdades tan abstractas que ni tienen un orden.
Lo curioso es que los muros impiden el paso horizontal y volar es vertical; voz ingrata que con miedo domina al momento que quiere.
Horrible, tan demandante, que piensa que con el ruido me paraliza, y victoriosa insaciable a sus propios argumentos difiere.
Esa voz suena tan ajena, que enajena eso en lo que me escondo, y también sé que corrompe y me hiere.
Aparece en el silencio que desordena mis ideas y, cuando decido prestarle atención, simplemente se muere.
El problema y lo que más me duele es que esa voz soy yo mismo; convive en mi día a día, incluso cuando no existe una nota a la que dirigirse.
Dios me susurró su amor entre escritos vivos y yo, sigo cautivo, sintiéndome insuficiente, entre escritos que se contradicen.
Quizá son mentiras; esas mentiras que no dejan dormir, e insisto, a veces se siente como si no fuesen mías.
Pero están en mi mente; por lo tanto, intentan perturbar eso que, por gracia, no soy quien construyó aquel día.
No puedo ignorar las batallas que yo mismo enfrento, pero me duele que revelen suciedad que dentro mío había.
Oh señor, «Yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de ti; todo mi ser te anhela, cual tierra seca, sedienta y sin agua».
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